En la sociedad de consumo de masas, las multinacionales del ocio y del negocio explotan sin vergüenza ni compasión las pasiones del público, sus debilidades, sus manías. “Consúmete consumiendo” -imperan-, aunque disimulen su mandamiento con halagos.
El amor se envilece, vuelto “lujuria” (palabra fuera de uso), reducido a la mercancía contante y sonante del sexo procura-orgasmos; la autoestima y el amor propio se reducen a narcisismo; se explota la envidia en forma de emulación para vender más; el público se vuelve perezoso creyendo que la felicidad se puede alcanzar tumbado en el sofá, manejando el mando a distancia…, ávido de bienes inútiles, de artefactos innecesarios, de placeres menudos, de emociones prefabricadas. El público infantil es glotón, y las autoridades sanitarias ponen tarde el grito en el cielo a causa de la obesidad mórbida, que se extiende como una plaga.
